*Escribe Hernán Sassi. Docente y escritor.
Somos animales. Primero animales. Animal racional.
Pero primero animal. Anes que todo, animal.
Gustavo Ferreyra, El mamífero que ríe.
A poco de volver a andar, la democracia se mancó. A excepción de un espejismo de doce años, con la democracia no “se come, se cura [ni] se educa”. Con Los redonditos de ricota, el Indio Solari recorrió el desencanto alfonsinista y la larga década menemista que no terminó con la Alianza, y parió, entre otras pestes, a políticos que viven en barrios cerrados y custodiados, incluso, los de un movimiento que olvidó su impronta plebeya. En solitario, transitó lo que vino después.
Con los Redondos en casettes y en MP3, patié las calles como cadete cuando la esquina era refugio de una intemperie neoliberal que entendí gracias a un indio que vio, antes que muchos, que ese futuro –nuestro presente– era todo un palo. No lo buscó, pero fue el ángel de la soledad de muchos, sobre todo, de los que iban en trenes sin saber a dónde ir.
Los temas sonaban en la radio, en la esquina y a todo volumen en los autos en los que hoy languidece la especie con un reguetón. El boca a boca corrió y algo desbordó, como el amor cuando aparece. La tribu creyó en ese indio auténtico, más cercano que nadie al que anda con un cuerpo hambriento, hundido a fondo y tomando de más. La bandita under se transformó en “la” banda de rock de los suburbios donde sobreviven descartes del capitalismo, en la mano tendida para hacer pie y encontrar sentido en una vida cada vez más inhumana.
Aparecieron los parientes pobres que teníamos escondidos. No hubo estadio donde albergarlos, siendo cada vez más los hijos abandonados que pedían, en prueba de humanidad, un ritual. La misa ricotera fue carnaval, fiesta y aquelarre con chori, birra y faso; con trapo, bandera y zapatilla embarrada. Fue algo más que fervor de cancha, de marcha, de fiesta merecida. En el pogo, que llegó a ser grande como los sacrificios aztecas o los del Coliseo, hubo ganas de demostrar que al bicho humano lo define el hambre de vida, un hambre primaria que, según Ferreyra, estamos perdiendo. “Seguir siendo Sapiens y guiar al fin la continuidad de la especie”, volver al mamífero que fuimos, sería algo más digno que morir ya sin rasgos humanos, dice en Piquito en las sombras.

El Indio promovió una hermandad infinita; cuando más se resquebrajaba, recordó qué era una familia; y también, una forma posible de comunidad. Fue también un ídolo humano, demasiado humano. ¿O qué eran sus veleidades, entre otras, la de tomar a New York por querencia sino una prueba de su humanidad? Nunca importó. Porque era el sabio de la tribu. Pintor y poeta, fue sabio no por erudito aficionado a citas cultas sino porque prestó oídos a radares militares y a las entrañas de los desangelados, y sobre todo, porque tomó nota de lo que escribía la tribu de su calle.
Dejó impresa más de una enseñanza en la lengua, que desde entonces, es también ricotera y se cuela, lo quiera o no, en mis artículos y clases. Cuando el simulacro tapa la realidad, enseñó que violencia es mentir. Cuando el neoliberalismo se asentaba en democracia, advirtió que todo preso es político, que el lujo es vulgaridad y que no da el secuestro del ánimo. Y cuando reina la mezquindad, enseñó que el amor no es un milagro, sino para valientes que se bancan el quilombito en un cielo de dos.
Enseñó a no rendirse ante un amo tan soberbio y despiadado, y mucho menos, a contentarse con los restos. Y enseñó también que la belleza, la de una canción y una mirada, es lo que te da felicidad y no el estímulo pavote de la pantalla que te deja los ojos ciegos bien abiertos.
El Indio fue la estrella ahí nomás que cumplió un par de promesas, “un montón”, como se dice en este tiempo sin padre ni refugio en la esquina. Educó como un padre, que también fue. Somos muchos los que, si vemos en el fondo, vemos el fondo gracias a él.
La vida no es una cosa que se deba proteger entre algodones. Ese algodón está haciendo daño a esa vida. La vida tiene que estar expuesta a la vida. Desgraciadamente, entiendo que en este caos se corre riesgo. Pero yo también aprendí, en esta cultura, que parte de vivir es el riesgo de vivir. La vida es decidir estar vivo.
Indio Solari.
Pity fue el canto, el cisne del rock. No murió, pero su estrella se agotó. El Indio se fue con dignidad. No dio lástima como bandas de los 70 que aún fantasmean. Se despidió como Sabbath, con obras a la altura del gigante. Murió sin traicionarse, con las botas puestas, que es también una forma de no morir.
La muerte del Indio es el fin de una Era en que la política fue un acto de fe, una religión por otros medios. Pero también señala que se va una Era, que empieza en el Sapiens, durante la cual los adultos se hacían responsables de la generación siguiente. A propósito, en estas décadas se popularizó la expresión “adulto responsable”. Hay a quien recordarle su obligación con un adjetivo. ¡Habráse visto! El Indio advirtió esta defección. También antes que nadie.
Vio a potros que mueren sin galopar y les cantó a esos, en realidad potrillos, que “estás cambiando más que yo [y que] asusta un poco verte así”. “En vez de bajarles línea a los chicos, hay que escucharlos”, dijo. “Porque en sus nervios hay mucha información del futuro”, aclaró. Lo dicho en una entrevista lo bancó con el lomo en versos que pedían ver “con tus ojos”, los de los potrillos, a ese futuro que es “todo un palo”. No le hicimos caso. La tasa de suicidio juvenil crece, la de natalidad se va a pique, pibes y pibas se fugan en pantallas, se cortajean brazos y piernas, y van con armas a la escuela.

Somos “una masa que cree demasiado en una felicidad boba, una felicidad sin dolor”, avisa Ferreyra. Ese Indio, medio filósofo también, cree que la vida sin problemas es matar tiempo a lo bobo. Desentona su creencia con canalladas como la “crianza con apego”, la “pedagogía de la ternura” y las “políticas de cuidado”, formas posmo de algodonar, de no criar, de no educar, de dejar en banda a las sienes ardientes que son todo el tesoro. Lo saben, de ahí la canallada: no se vive entre algodones, se agoniza o se muere.
Entre otras cosas, el Indio hizo ver que uno mismo es cordero, y muchas veces, caníbal. ¿A qué andar con algodones entre caníbales, en esta vida que solo cuesta vida? Así como griegos y romanos educaban con tragedias y fábulas que nos muestran caníbales entre caníbales, el indio que precedió al nuestro tampoco supo de algodones: enseñó a cazar para sobrevivir; a ver de frente la muerte y honrar a los que se van; a hacerse responsable de los actos, sobre todo, de los crueles de los que somos capaces.
Nuestro Indio, el que escuchó y educó como ninguno, enseñó que si escuchás a esos pibes y pibas, y si te comprometés al punto de probarle su condición caníbal, soplás brasas en su corazón y pasás el fuego a quienes, a su vez, lo van a pasar. Si no lo hacemos, no habrá cultura y solo esta agonía con pantallas, que también son algodones.
Son tiempos de fe falopa, de “elijo creer”, y de pibes y de no tan pibes que creen que la timba salva, y el juego en red y la inteligencia artificial contiene la locura, cuando, en realidad, la alimenta. El Indio fue alguien en quien creyeron millones de jóvenes. Creyeron posta. Fue estrella, un lujo en esta oscuridad. Tomar el ejemplo; armar nueva familia, hermandad, comunidad; volver a creer, a “decidir estar vivos”. El asunto está en nuestras manos. Sin algodones, y con compromiso con los que vienen, pibes y pibas volverán a creer en los adultos –madre, padre, docente, político, igual da– y este no será el último bondi a Finisterre.
*El artículo es parte de Pasar el fuego. Educar en el Apocalipsis zombie, próximo libro del autor.
Foto principal: Martín Bonetto.

Excelente , muy conmovedor !!. No era fanática , pero siempre me gustó mucho , y creo q cada vez que leo , más me gusta.
Gracias!
Nunca la realidad tan bien plasmada.Ojala podamos unirnos y hacer algo con respecto a que queremos,como futuros educadores?
O que podemos mejorar? Que podemos crear nuevas maneras,nuevas formas de que esos pibes y pibas vuelvan a interactuar más con un papel,que con una pantalla.
Gracias por esa devolución!
Muy emocionante el artículo. Indio supo canalizar las heridas de muchos desangelados si, pero es verdad, advirtió tiempo atrás que había mucha información en los pibes y pibas sobre el futuro. Alguna vez leí «hoy estamos como estamos por culpa de los adultos», pero la realidad también es que hoy en esta sociedad está complicado que los pibes y pibas encuentren un adulto referente, ya no te digo ni siquiera responsable. Y hoy sin Indio esa orfandad es más profunda aún. Ojalá quienes no tuvieron la dicha de ser contemporáneos de este ser de otro planeta puedan encontrar en su lírica esa caricia al alma que muchos sentimos en esta vida.
Insisto, muy conmovedor el artículo. Sabemos que algún día será esta vida hermosa, y ojalá podamos hacer la revolución con una canción de amor.
Gracias Mariana, hermosas palabras!