musico y digitalidad
Desde la pandemia de 2020, se instaló y acrecentó una huella a partir de la experiencia del aislamiento humano, la soledad, y el individualismo.

A partir de la pandemia que inició en el año 2020, hay un quiebre, un desacople entre lo virtual y lo real. En la pandemia, lo real se transformó en lo virtual, porque la forma de conexión con la terceridad estaba limitada a esa posibilidad de lo virtual. De esta manera, se podría inferir que desde entonces se ha instalado y acrecentado una huella a partir de la experiencia del aislamiento humano, la soledad, el individualismo.

Individualismo no es individualidad. Es importante esta diferenciación entre individualismo e individuación: el primer concepto refiere al cierre sobre sí mismo, pero desde la repetición transversal que atraviesa a todos desde el consumo y la competencia, bajo una lógica homogeneizante, la del sistema capitalista. La segunda categoría, refiere a un proceso por el cual el ser humano se diferencia de esa homogeneización, rompe con la conceptualización de lo Uno como el todo. Es decir, la individualidad es lo contrario al individualismo. Individualidad es cultivar la huerta de uno, individualismo es competir para ver quien tiene la mejor huerta. La individualidad se expresa en la contracultura, más específicamente en el punk, que rescata toda una narrativa sobre la singularidad, mientras que el individualismo se expresa en la cultura dominante. 

No se trata de romantizar épocas pasadas, sino de revalorizar esos encuentros que implicaban tolerancia a la diferencia, en esa tolerancia a lo otro, uno se constituía, creaba su individualidad desde el reconocimiento al otro. El algoritmo opera en sentido contrario a la aceptación (y encuentro) con el otro. Opera en la línea del individualismo, el retraimiento, el rechazo a cualquier tipo de otro que oponga sentido a mi verdad. Toda esta operatoria se manifiesta en una sintomatología muy común de nuestra época: la ansiedad.

“El algoritmo opera en sentido contrario a la aceptación (y encuentro) con el otro. Opera en la línea del individualismo, el retraimiento, el rechazo a cualquier tipo de otro que oponga sentido a mi verdad”

Existen subrepticios donde sobrevive algo de aquello que conocimos como un mundo más humano, menos autómata: La contracultura. Los espacios donde se manifiestan las disciplinas artísticas, como la música, son estos refugios donde “lo viejo funciona”. Sin embargo, siento que la actividad musical se encuentra cada vez más atravesada por aspectos no artísticos y mucho menos contraculturales.

Por un lado, imposible no mencionar que la música cada vez más es un deporte para pocos. Una actividad excluyente, elitista y costosa. Por otro lado, las personas que hacen música deben explotarse a sí mismos de formas antes nunca vistas. La teoría del emprendedurismo (ser uno su propia empresa) y la autogestión, despliegan una serie de “verdades” sobre la actividad musical, que complejizan la práctica, la desorientan, la alienan y despolitizan.

Músicas y músicos desarrollan diversos roles que trascienden el acto de tocar música, componerla y crearla. Organizar un show, grabar un material y difundirlo, son actividades extremadamente complejas. Para crear música y difundirla, estamos obligados a cumplir el rol de productor de eventos, booker, sonidista, patovica, publicista, plomo, diseñador, fletero, ingeniero en sonido, decorador de ambientes, fotógrafo. Esto que llaman autogestión, evidentemente es autoexplotación, una forma de precarización.

“Esto que llaman autogestión, evidentemente es autoexplotación, una forma de precarización”

Creo que hay un punto de conexión entre el individualismo, la digitalización de la vida y el desenvolvimiento de la contracultura y lo artístico en nuestra época. Para empezar, así como la cárcel, la escuela o el hospital fueron para la modernidad las instituciones que disciplinaban, docilizaban los cuerpos, de la misma manera la digitalidad es para la posmodernidad la institución de control por excelencia. Como dice Deleuze, pasamos de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control.

En estas sociedades de control posmodernas, el dispositivo de poder más efectivo es el autodisciplinamiento. Esto se expresa en los imaginarios sociales constituidos por la meritocracia, la ética del esfuerzo y el trabajo como manera de elevación del Ser, el éxito económico como sinónimo de felicidad, el acceso a determinados consumos como forma de pertenencia. Naturalmente, esta transformación del ejercicio del poder repercute en todas las formas de desarrollo cultural, especialmente en las narrativas artísticas.

El giro hacia la digitalidad como institución que opera en la construcción de sentido del músico es un fenómeno sumamente particular, atravesado por la lógica del individualismo. Allí se puede ver una serie de poses impostadas, repeticiones coloreadas, estrategias publicitarias, rankings de bandas que debes escuchar para pertenecer. En fin, todo aquello movilizado por la aspiración al “éxito”.

La conexión entonces es que lo contracultural, más específicamente la actividad musical, opera bajo la lógica de las nuevas exigencias que se expresan en el mundo virtual y los valores de estas sociedades de control posmodernas. Lo cual remite a una contradicción: ¿Qué se pierden, músicas y músicos, de lo musical, corriendo detrás del “éxito”?

La digitalidad, más allá de las redes sociales, también implica un mundo de dispositivos tecnológicos que operan en la desestructuración de la creación musical como sinónimo de encuentro con el otro. Es decir, hoy en día una IA puede efectivizar un flyer, una base musical de algún instrumento, etc. Estos dispositivos tecnológicos funcionan como dispositivos de poder, en la medida que hacen efectiva la dimensión del poder a través de legitimar un discurso de lo útil y lo inútil, lo eficiente y lo ineficiente, lo inmediato y lo postergable. Si el mensaje del Punk es “cualquiera puede hacer música” y “hacelo vos mismo”, parece como si la dimensión efectiva del poder hubiera transformado el mensaje en “hacelo vos solo”, lo cual, de nuevo, visibiliza esa pérdida de la posibilidad del encuentro con el otro.

“Si el mensaje del Punk es cualquiera puede hacer música y hacelo vos mismo, parece como si la dimensión efectiva del poder hubiera transformado el mensaje en hacelo vos solo”.

Una IA puede ser efectiva, pero no puede crear. La creación, la invención, es algo constitutivamente humano. Lo que diferencia al humano de las otras especies del reino animal es su capacidad de transformar, de imaginar. Si bien esa capacidad de inventar atraviesa épocas de manifiesto deterioro, considero que allí en la invención es donde reside el elemento de resistencia sobre el cual se estructura la narrativa de la contracultura: la imaginación. Lo que interrumpe la repetición es la creatividad, la expresión.

La contracultura resignifica la realidad más allá de las expectativas que el consumo depara para toda la actividad artística, esto es gracias a la forma en que irrumpe la imaginación. Esa imaginación, en palabras de Castoriadis, se contrapone a toda la lógica determinista sobre cómo debe ser nuestra identidad, se pelea con el pensamiento heredado. En otras palabras, la imaginación es la condición de posibilidad para el distanciamiento de las ideas naturalizadas por el racionalismo occidental, que inunda la matriz de pensamiento, el gran motor del Otro. Esa imaginación, esa capacidad creativa, es el punto de fuga que nos permite pensar otra posibilidad de manifestación artística, lejana al bucle de la repetición, de la pose, el delirio del éxito y el ranking de bandas.

2 comentarios en «La digitalidad como nueva institución en la contracultura»

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