La editorial argentina Leviatán nos acerca Pioneras, Aliadas y Feministas. Mujeres rosarinas del rock, un libro de Florencia Bianchi, comunicadora social y gestora cultural, que presenta los resultados de su investigación para la tesis de Maestría en Poder y Sociedad desde la Problemática de Género de la Universidad Nacional de Rosario.
Cuando termines de leer este artículo, también vas a poder escuchar la playlist del libro curada por su autora.
Como profe de Lengua y Literatura, todos los días recorro los pasillos y las aulas de la escuela Normal 1 de Rosario. Cuando leí que Anabella, la primera mujer rosarina del rock había egresado de ese colegio, no pude contener la emoción y le conté a Ana, alumna de quinto año que participa activamente del centro de estudiantes, toca el bajo, es parte de la organización del Normal Rock y coordina, junto con otras chicas, el área de género de la escuela. “Increíble”, me dijo.
Pero no tan increíble, quizás, porque a medida que avanzo en la lectura del libro me doy cuenta, junto con la autora, no solo de que hay un montón de mujeres músicas, sino de que hay más mujeres músicas egresadas del Normal 1. Además de Anabella, primera y perdida en la genealogía del movimiento musical del rock, también están Ethel Koffman, representante de la Trova Rosarina de los 80, y las amigas Valeria Rodríguez Cisaruk y Mercedes Ianniello, quienes en esos mismos pasillos formaron, en los 90, un proyecto de estilo dark-experimental llamado El Lado y, años después, Las Susanitas.
Como muchas otras chicas de su generación, Ana forma parte de la “marea verde”, el movimiento de mujeres y disidencias que cobró protagonismo a partir del año 2015, cuando unas 300.000 personas, en su mayoría mujeres de diferentes clases sociales, se autoconvocaron y marcharon masivamente por las calles del país, a raíz de una serie de femicidios que profundizaron la reflexión sobre la violencia de género.
El Ni Una Menos marcó un antes y un después en la vida social, política e institucional de Argentina; también impulsó a muchas artistas a agruparse uniendo las problemáticas de género con su sector —como el Colectivo de Mujeres Músicas, que impulsó la Ordenanza por la Paridad de Género en los Escenarios, aprobada por el Concejo Municipal de Rosario. Este parece ser el punto más álgido de la historia que narra Flor, una genealogía donde las mujeres son las protagonistas y no meras figuras idealizadas o demonizadas en las letras androcéntricas de las canciones de rock de los varones.

¿Quiénes fueron las primeras rosarinas en hacer rock? ¿Cuándo y cómo surgieron en Rosario las bandas de chicas? ¿Qué cambios generó el feminismo en los escenarios del rock local? A estos interrogantes responde la autora a lo largo del libro. Para ello, traza un recorrido que reúne tres experiencias diferentes: la de las pioneras, que va desde el 73 hasta mediados de los 80 y coincide con el feminismo de la segunda ola y la militancia setentista; la de las aliadas, que comienza en los 90 y se caracteriza por el surgimiento de bandas de chicas que desafían la hegemonía masculina del “rock chabón”; y feministas, una tercera etapa que coincide con la marea verde y la formación de los colectivos y agrupaciones de mujeres músicas.
Desde Jolly Land, icónica cantante del Club del Clan, nacida en Rosario, las mujeres pudieron pensarse a partir de un modelo distinto al de la mujer-madre dedicada a las tareas domésticas. Esto se acentúa en los años de la contracultura, época del amor libre, la píldora anticonceptiva, las rebeliones juveniles, la lucha pacifista y los Derechos Civiles, el Mayo Francés, el surgimiento de las nuevas izquierdas y, un dato no menor, el ingreso de las mujeres a las universidades.
Aquellos son también los años fundacionales del Rock Nacional, con la canción de Los Gatos, “La Balsa”. Solo que, en ese momento, las mujeres estaban excluidas de la escena, y aparecían únicamente representadas simbólicamente en las letras de las canciones: como un objeto de deseo, como musas, como novias, amantes o groupies.
Recién a comienzos de los setenta aparece Anabella, Ana María Berghella, una chica que canta, toca el piano y la guitarra al estilo Joan Baez, y que participa del Ateneo de Músicos y Amigos de Rosario. En los 70 también se oye la voz de la frontwoman del blues rosarino, Adriana Coyle, quien además de forjar una carrera musical con la banda Cuál, estudió Ingeniería Agrónoma y se graduó como locutora nacional.
1982 es el año que da inicio a otro período singular dentro de la historiografía musical rosarina del rock: lo que algunos críticos denominaron “la segunda invasión”, continuando la de los sesenta con los Gatos solo que esta vez la encabeza la Trova Rosarina. Y allí sí hay una mujer, Silvina Garré, autora de la canción que da título a esta reseña: “Reinas de Pueblo Grande”. Su carrera en la música comenzó con una participación vocal en el tema “Era en abril” de Baglietto, pareja de Garré en ese momento. Luego vino su primer álbum, La mañana siguiente (1983), que la introdujo formalmente en la industria musical.
Entrados los 90, en un contexto de crisis económica y altos índices de desocupación, las mujeres músicas encuentran la forma de hacer alianzas entre ellas para tocar juntas, como decía Valeria Rodríguez Cisaruk en una entrevista con la autora del libro: “Siempre estábamos buscando más mujeres que hicieran música, aliándonos con las mujeres porque teníamos cosas que decir”.

Así surgieron las primeras bandas de chicas, como las Viuda e Hijas de Roque Enroll, las Blacanblus o She-Devils, a nivel nacional; y en Rosario, El Lado, Las Susanitas, Cambio de Hábito y Ama de Llave. Los nombres de estas bandas tienen un tono satírico que busca desarticular, precisamente, los estereotipos de la feminidad, para encontrar nuevos lenguajes que les permita expresarse, como dice Flor Croci: “No nos invitaban a ser parte de las bandas, por eso creo que fue como romper con algo: Cambio de Hábito. Fue como empezar a usar otros lenguajes, otros códigos, otras maneras de trabajar”.
Croci, que también formó parte del Colectivo de Mujeres Músicas de Rosario, recuerda con orgullo aquella experiencia que logró visibilizar el trabajo de las mujeres artistas —muchas de ellas también madres—, hacerles un lugar en los escenarios y reconocer económica y simbólicamente su trabajo. Como antecedentes y/o en la misma línea que el CMMR, la autora del libro menciona la agrupación de artistas “Rock con perfume de Mujer”, encabezado por la cantante Lorena Bogado; la convocatoria “Te doy una canción”, organizada por la Secretaría de Género y Derechos Humanos y la Secretaría de Cultura y Educación, entre 2016 y 2021; y el festival “Agitadoras en el Anfi”, organizado por la cantante y compositora Evelina Sanzo, con apoyo del municipio.
Sin embargo, pese al largo recorrido atravesado y a los avances en materia de derechos logrados por estos colectivos de artistas, la realidad es que los escenarios siguen siendo mayormente ocupados por varones. Y el contexto social actual no acompaña, sino todo lo contrario. Por eso coincido con la Doctora Cristina Viano, prologuista del libro, quien afirma que esta publicación tiene una fuerza disruptiva, en tanto ocurre en un presente “connotado por una reacción neoconservadora y de ultraderecha que avanza de manera estridente, haciendo del antifeminismo una política de Estado”. En ese sentido, creo que el libro de Flor tiene un mérito doble: el de haber aportado luz sobre la historia de las mujeres en el rock rosarino y el de hacerlo siendo consciente de que esa historia está plagada de asimetrías y desigualdades que aún persisten.
