“Éramos jóvenes, éramos fuertes, éramos Primitivos”. En esta frase, el pretérito imperfecto oficia de vehículo para remontarnos al pasado de una banda punk de Quilmes que vuelve a reunirse veinticinco años después de su disolución. La segunda novela de Damián Snitifker, publicada por Editorial Crack-Up, reconstruye esa historia con una mirada reflexiva sobre la adultez, la trascendencia y el recuerdo.

Yo soy esos perros,
los que no mirás,
soy la prisa de la vida
avanzando hacia el final.
Primitivos
¿Qué significa trascender? Para Lucas Virasoro, ex cantante de una banda punk de Quilmes que tuvo sus quince minutos de fama y quedó orbitando en ese territorio ambiguo de las bandas de culto, trascender no implica “pegarla”, alcanzar la fama o el reconocimiento masivo, sino algo más cercano: que alguien recuerde lo que hiciste, que una canción siga sonando en algún rincón inesperado de la web, “que pibes de hoy sepan de la banda”. Esa pregunta, que la novela despliega a través de entrevistas radiales, sostiene una reflexión modesta pero no por eso menos profunda sobre lo que queda de aquello que hemos vivido.
En la reconstrucción de ese pasado romantizado, aparece con detalle el contexto histórico que dio lugar a Primitivos, los años de dictadura, la censura y la imposibilidad de acceder a la música que venía del exterior. Solo quien tenía contactos afuera o viajaba podía traer algo, y así llegaron a conocer a los Ramones, banda que fue, para ellos, una verdadera revelación. La banda se formó por los años de la vuelta a la democracia, aunque para entonces el punk ya había cedido lugar a los sonidos más oscuros del post-punk. Oscuro era también el clima de los recitales de la época, en antros de resaca social donde la violencia era moneda corriente y, a pesar de todo, se gestaba una escena contracultural.
Ese circuito tenía sus propios espacios, clubes, centros culturales, rincones del conurbano, donde la música encontraba un lugar por fuera de los márgenes más visibles. Snitifker, él mismo bajista y oriundo de la zona sur, conoce la contracultura porteña por su experiencia como músico y como comunicador social, y eso se nota en los detalles que aportan verosimilitud al relato.

La novela también retrata con precisión el hastío de la adultez y lo que implica vivir en una sociedad gerontofóbica. «No soy cruel, soy realista», dice Lucas al referirse a esta etapa de la vida y a aquellas cosas que le hubiera gustado hacer. La adultez, dice el narrador, «evita que puedas suspenderte en el tiempo disfrutando de algo», porque el tiempo, en el mundo adulto, es dinero, son responsabilidades y, sobre todo, escasea. Por eso, cuando Lucas reúne a Franco y Andrés para retomar aquel sueño trunco, pronto descubre lo difícil que es sostener el ritmo de ensayos y recitales sin descuidar la ferretería heredada de su padre ni la vida familiar.
El reencuentro adquiere, sin embargo, un tono agridulce. La emoción de revivir el pasado no es la misma que la de vivirlo por primera vez. La adrenalina está, pero matizada por todo lo que los tres saben ahora, y también por lo que entonces no supieron o no quisieron ver, como la adicción de Franco. Ese es el núcleo dramático de la segunda mitad del libro, y Snitifker lo trabaja sin condenar a sus personajes ni ponerse moralmente por encima de ellos. Lucas carga, además, con la culpa de haber sido quien lo llevó a consumir. Las conversaciones con Julián, locutor y periodista que los acompaña en el regreso, lo empujan a enfrentarse con sus propios fantasmas y a revisar las heridas del pasado.

Franco es el reverso de Lucas. Dueño de una concesionaria y ya abuelo, encarna una masculinidad rockera que el paso del tiempo no modificó. Su desconfianza hacia Valentina, la nueva baterista, o sus comentarios despectivos sobre Rita, integrante de una banda de su época, revelan la necesidad constante de que las mujeres demuestren legitimidad para ocupar ese espacio.
Valentina, en contraste, introduce algo nuevo en esa vieja historia. Conocedora de la banda a pesar de su juventud, es la prueba de que lo que hicieron importa, de que dejaron una huella en personas que ni siquiera habían nacido cuando Primitivos tocaba. Y es justamente ese pequeño legado el que le da sentido al regreso, aunque no dure demasiado.
En definitiva, Primitivos es una novela sobre la posibilidad de que algo suceda en vidas que parecían clausuradas por la rutina. Incluso cuando la banda vuelve a disolverse, queda la sensación de que ese intento, fallido o incompleto, produjo en todos ellos una transformación. Al menos, evitó el lamento eterno de lo que podría haber sido y no fue.
