Entre 1982 y 1989, la apertura de decenas de bares, pubs y discotecas conformó un circuito cultural alternativo que impulsó nuevas formas de ocio nocturno. Soledad López reconstruye ese mapa simbólico de la ciudad donde circularon bandas de rock, pelis independientes, performance teatrales y exposiciones de arte.

En octubre de 1986, el diario de tirada nacional La Razón publicó un informe especial titulado “La cultura subterránea irrumpió en Buenos Aires”. El texto, escrito por Daniel Capalbo, hablaba del underground de Buenos Aires como “una suma de refugios” que conjugaba diversas escenas artísticas. Según la nota, desde el año 1981, en el Café Einstein, legendario antro punk, ya se venía cocinando una movida, como la madrileña de los años posdictadura, pero en nuestra propia primavera democrática.
De eso trata Cartografía del under porteño de los 80. Una experiencia territorial de la noche, de Soledad López, un libro que reconstruye la vida cultural de la ciudad de Buenos Aires en el período 1982-1989. Publicado por la Universidad Nacional de Quilmes, este ensayo de sociología de la cultura es una adaptación, con fines de divulgación científica, de la tesis de Maestría de la autora.
A partir de las perspectivas teóricas de Michel de Certeau, Henri Lefebvre y Howard Becker, López indaga en la constitución espacial del underground porteño de los 80 analizando su expansión territorial en el marco de una democracia en construcción. Su principal hipótesis es que los lugares de sociabilidad nocturna y experimentación artística dieron forma a un circuito cultural alternativo al de las ofertas culturales comerciales y oficiales de la noche porteña. Además, la autora sostiene que gracias al desarrollo del underground porteño de los 80, fue posible diversificar las maneras de vivir la noche en la ciudad, a pesar de la vigilancia estricta de la policía, los edictos policiales entonces vigentes, las razzias y las clausuras de bares.


Lo más interesante de Cartografía del under porteño de los 80. Una experiencia territorial de la noche es el estilo de escritura narrativa que despliega la autora en lo que denomina “relatos de espacio”, y que se articula muy bien con la propuesta de “leer” las ciudades como textos de De Certeau. Así, desde los techos bajos del Stud Free Pub hasta la húmeda escalera del Parakultural, nos movemos dentro de sótanos donde los cuerpos saltan, sudan y chocan en pogo. En estos lugares proliferaron las presentaciones teatrales, tuvieron lugar expresiones y exposiciones de artes visuales y sonaron bandas de rock de diversos estilos, desde Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Los Twist y Sumo, a los primeros grupos punks como Los Violadores y Los Laxantes; heavies, como Riff y V8; o Los Encargados, entre los fans de los sintetizadores.
Las microhistorias con las que López elige narrar el under porteño se basan en documentales, testimonios, fanzines, notas periodísticas de la época, fotografías y entrevistas. Esa estructura híbrida le permite a la autora escapar del tono monográfico convencional y acercarse más a esa escritura literaria, donde su voz funciona como hilvanadora de materiales heterogéneos y logra casi un efecto inmersivo. Un ejemplo de esos relatos de espacio donde la escritura alcanza su punto más alto es el fragmento de la presentación de Divididos por la felicidad de Sumo, en el Stud Free Pub.
El barrio de Belgrano, con sus casas bajas y sus jardines arreglados, se erige en el entorno. Más allá, el acceso norte al túnel de la Avenida del Libertador. Desde la vereda, la entrada invita a hundirse en la oscuridad de la noche. Al Stud Free Pub se accede atravesando un patio adornado por enredaderas que también supo ser un estacionamiento. En el interior hay mesas dispersas y gente sentada. Algunos pocos están parados y mueven el pie o menean la cabeza. Beben cerveza y vino que algunos mezclan con pastillas. Charlan. Un grupito de chicos que rondan los 18 años, vestidos con camperas de cuero y con actitud punk, se mezclan con treintañeros de jeans claros, chalinas y melenas recientemente cortadas. De día, el Stud Free Pub suele ser utilizado como galpón y sala de ensayo ocasional de algunas bandas. De noche, más allá de eventuales sketches y proyecciones de video, funciona siempre como una sala para recitales. Una tarima de 5 por 2 metros, elevada a menos de un metro del piso, hace las veces de escenario. El lugar es bajo y los músicos quedan enmarcados por los equipos que se erigen como dos columnas a la izquierda y a la derecha. En el centro y atrás, el enérgico.
Más acá, en el frente del escenario, forman fila el resto de los músicos. Un saxofonista rígido y concentrado vistiendo un overol de operario fabril. Un guitarrista que da saltos y toca las cuerdas con sus dientes. En el centro, el cantante calvo y morrudo, que usa lentes oscuros y se balancea sobre una caja de efectos sonoros. Un bajista que apoya el bajo en el extremo derecho del hueso de su cadera y con ese soporte se despliega en altura. Otro guitarrista, silencioso y un poco parco, que mira abstraído la columna derecha de equipos. La troupe se llama Sumo.

Otros dos lugares que quedan bien retratados en el libro son Cemento y el Centro Parakultural. El primero fue inaugurado a mediados de junio de 1985, por Omar Chabán y Katja Alemann; el segundo, un año después, por los actores Omar Viola y Horacio Gabin. Aquellos eran tiempos de fiebre por las discotecas, como Paladium, y el crecimiento acentuado de la industria del rock requería también de espacios más amplios, como el que ofrecía Cemento. En contraste, los centros culturales mantenían ese espíritu “al margen” de la cultura más legítima o de moda. Fue en el Parakultural y en sus inmediaciones donde los punks crearon un espacio propio; también allí se gestó un “semillero” de bandas de rock y nacieron escenas musicales emergentes.

Esta historia del under porteño termina en el año 1989, cuando muchas figuras que venían participando de la escena underground se incorporaron al circuito oficial y comercial. También cambiaron las formas de gestión cultural y el entramado de amistades o conexiones entre artistas y públicos. Los músicos encontraron su camino hacia la profesionalización, firmaron contrato con alguna compañía discográfica importante o pensaron en la posibilidad del sello discográfico propio, como lo hicieron Berlín Records, Catálogo Incierto y Radio Trípoli.
En un punto, esa culminación no fue más que un nuevo comienzo, uno que pudo desplegarse sobre los cimientos construidos en esos sótanos, bares, galpones y patios del circuito cultural underground de los 80. No fueron solo escenarios sino verdaderos laboratorios de experimentación social y artística, donde se configuraron modos de hacer, de asociarse y de inventar nuevos lenguajes. Los mapas revelan el alcance de esos lugares de encuentro.
